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AÑIL

MEMORIA VACÍA (QUINCE)
Vicente Matijasevic

En un extremo la palabra. Le rodean la sintaxis, la norma y sus abecedarios, los sufijos y todo el aparato de qué sistemática argumental. Toda la unión de los discursos, de los caminos que se anunciaron ciertos antes de ser nada, cuando apenas prometían sus mentiras y pronósticos, sus ganas y sus garras. Y bueno… Tomaron su maquinaria y arguyeron, levantaron los brazos anunciando el detalle de su predicción.
En el otro extremo el dibujo, inhóspito y si dibujo con blanco todavía oscuro, y claro si con negro. En fin volátil, centelleante de luces instantáneas, fugaces, que divagan y fungen de visión veraz, sólo para esfumarse en aguas, en líquidos que se deshacen en azúcar blanda, en deslizaderos de líneas que no anuncian ni concretan todavía nada.
De repente ¡Zas! El lenguaje lanza una enredadera y captura una tenue luz del dibujo a la que hala, intentando hacerlo suyo, y a medida que le arrastra sus sustancias, el dibujo mismo amenaza ir floreciendo en estertores convulsos, babeante y andrajoso de todo lo posible; estremecido en confusiones que sabotean toda la intensión de la palabra.
Y el discurso, ya nacido y que querría continuarse, de repente se detiene y duda. Y ¡Zaz! Otra enredadera que agarra un poco al dibujo más abajo, con más fuerza y le hala hasta reventar tendones y musculaturas lizas o crispadas, mientras en medio de mentiras, extrañamente todo el ambiente sangra y sangra. ¡Otras palabras! ¡Otras intenciones por atrapar a la línea y a la mancha!
Pero el dibujo vuelve escabullirse en aguas; y deshecho, retrocede convertido en malísimas palabras, en maldiciones, en las palabrerías de la náusea.
Entonces el lenguaje se detiene nuevamente y mira la escena ya sombría de rayas, rayos y destrozos, borra, duda otra vez, replantea toda su estrategia, vuelve a maldecir, avanza, retrocede, se desbanca. Mira a otro lado, vuelve a dudar, se promete farsas, intenta otros caminos ¡se abalanza! Y en estrépito replantea toda su estrategia y falla. Hasta que hundido en confusiones por la pugna desastrosa entre la línea y la palabra, el sujeto sometido a esta batalla, de repente vislumbra una última salida: abre una pequeña puerta y en seco hace señales al discurso exigiéndole que salga. Entonces, a solas con la línea y la mancha, con el punto y sus ritmos, en silencio, a todos acicala, les deja ser, desprovisto de argumentos, pronósticos o enseñanzas; y entonces el dibujo va edificándose frente a ese silencio y bajo el estupor maravillado de toda la mirada.

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