
Vicente
MATIJASEVIC
El ejercicio del dibujo se establece esencialmente como el trazo de líneas de algún tipo sobre una superficie cualquiera, pero ese trazo, al cerrar el espacio de lo dibujado, establece dos escenarios: un adentro, que se constituye en esencia de lo significante en el dibujo mismo, es decir en tanto que núcleo de un supuesto ser que el autor ha “representado”, y un afuera que actúa como escenario mental en el que ese ser existe.
La esencia de este planteamiento teórico indica que de alguna manera el ser “representado”, consigue un empoderamiento tal de aquel espacio que el dibujante mismo le otorga en esa superficie, que ese ser dibujado resulta siendo capaz, pese a ser una mera invención, es decir una mera fantasía del dibujante, de restringir al autor mismo su libre ingreso mental adentro de su dibujo para intentar ajustes, mejoras o correcciones a ese espacio dibujístico, que ya ha sido afectado por tal empoderamiento y se ha constituido entonces en un espacio que de alguna manera ya pertenece más al ser dibujado que al dibujante mismo. Asunto ese que en cierta medida estropea o dificulta el avance del dibujo como acción expresiva. Todo esto plantea un acto dibujístico que se esfuerza, bajo diversas estrategias, por evitar el cierre del espacio a favor de lo dibujado, para que así, ese ser no consiga aquel empoderamiento del espacio mental del dibujo ni del dibujante, con lo cual este último conservará la posibilidad de control del dibujo, hasta conseguir estructurarlo satisfactoriamente como entidad expresiva.