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Vicente Matijasevic

Antes del surgimiento del aparato fotográfico, a comienzos del siglo XIX, se creía que el propósito principal del acto dibujístico era estructurar una comprensión del mundo exterior, para que desde esa comprensión se lograse la capacidad de representar ese mundo exterior, dibujándolo. Pero vino ocurrir que esa fotografía suplantó con creces aquel antiguo propósito de lo dibujado.

Mas el dibujo, lejos de desaparecer por ello, comprendió más bien que su propósito debía volcarse sobre una experimentación, no ya en torno a cómo representar al mundo exterior al dibujante (en lo que la fotografía era aplastantemente más eficaz y veloz) sino en cómo inmiscuirse y averiguar sistemáticas expresivas que partieran de lo interior, es decir desde la psique profunda del dibujante mismo, en vez de seguir ocupándose solo de aquel mundo exterior.

Pese a largo tiempo transcurrido desde entonces y a la claridad teórica indudable de estos últimos postulados, no es menos cierto que dicha práctica expresiva con el dibujo, embarga tantas dificultades (no sólo motrices sino conceptuales y experimentales), que los estudiantes de Artes Plásticas tienen grandes obstáculos para intentar esas experiencias.

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